Por la vuelta

La historia vuelve a repetirse. Hay canciones que uno escucha durante toda la vida sin detenerse demasiado en sus palabras. Hasta que un día una frase escrita para otra época parece haber estado esperando el momento preciso para regresar.
«Por la vuelta», el tango de Enrique Cadícamo y José Tinelli, pertenece a esa categoría. Para los venezolanos de varias generaciones tiene, además, una familiaridad particular: orquestas como la de Billo Frómeta y Felipe Pirela hicieron suyo aquel repertorio rioplatense. Pero hay una línea que hoy resulta difícil escuchar sin pensar en Venezuela:
«La historia vuelve a repetirse.»
Eso pensé recientemente, sentado en Caracas, al releer un libro de mi biblioteca: Venezuela, política y petróleo, de Rómulo Betancourt, expresidente de Venezuela y figura central de la democracia del siglo XX.
Lo había leído hace muchos años. Los libros, como los países, cambian según el momento desde el cual uno los mira. Leer a Betancourt después del 3 de enero de 2026 produce una sensación extraña: por momentos pareciera que uno no estuviera leyendo solamente la historia venezolana de comienzos del siglo XX, sino buscando las claves para entender la Venezuela de hoy.
Los nombres son distintos. Los imperios son distintos. Las circunstancias son, naturalmente, distintas.
Pero algunas piezas parecen ocupar lugares inquietantemente familiares.
Roosevelt
A comienzos del siglo XX Venezuela estaba gobernada por Cipriano Castro, caudillo andino que concentró el poder tras la Revolución Liberal Restauradora.
En diciembre de 1902, Gran Bretaña, Alemania e Italia establecieron un bloqueo naval contra Venezuela para presionar el pago de deudas y reclamaciones. Estados Unidos observó con preocupación que potencias europeas emplearan la fuerza militar en el Caribe. Aquella crisis venezolana se convertiría en uno de los antecedentes fundamentales del Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe.
La Doctrina Monroe de 1823 decía, esencialmente, a Europa: no extienda su intervención al hemisferio americano.
Theodore Roosevelt, entonces presidente de Estados Unidos, fue más lejos. Washington ya no se limitaba a advertir a las potencias europeas. Se reservaba para sí un papel de intervención en el hemisferio cuando considerara amenazados la estabilidad regional o sus propios intereses.
Betancourt cita casi literalmente al historiador estadounidense Arthur P. Whitaker:
«A Venezuela, otra nación bolivariana, le correspondió jugar un papel muy importante en el desarrollo de otra expresión del imperialismo yanqui —el Corolario-Roosevelt de la Doctrina Monroe (1904-1905)—, el cual proclamó a los Estados Unidos como un “poder policíaco internacional” en el hemisferio occidental, con derecho a intervenir unilateralmente y a su propia discreción, en los países latinoamericanos.»
Allí aparece la primera vuelta.
Castro
Cipriano Castro no cayó durante el bloqueo.
Sobrevivió.
Pero sus relaciones con Washington se deterioraron hasta tal punto que en 1908 Estados Unidos cerró su legación en Caracas. Los documentos diplomáticos estadounidenses muestran una relación prácticamente rota, con reclamaciones económicas y la negativa de Castro a someterlas a arbitraje.
Ese mismo año Castro salió de Venezuela para tratarse médicamente en Europa.
Y dejó encargado del poder a uno de los hombres en quien más confiaba: Juan Vicente Gómez.
No a un adversario.
No a un dirigente de la oposición.
A su vicepresidente, compañero de armas y hombre del propio régimen.
Castro nunca regresaría al poder.
Con Gómez comenzaría una nueva relación con Estados Unidos y, poco después, una transformación que terminaría colocando al petróleo en el centro de la política, la economía y las relaciones exteriores venezolanas.
Es precisamente esa historia la que Betancourt diseccionaría décadas después en Venezuela, política y petróleo.
Y entonces llegamos a 2026.
Trump
Casi 120 años después, Washington vuelve a hablar abiertamente de la Doctrina Monroe.
Esta vez el presidente se llama Donald Trump. Su gobierno utiliza una expresión extraordinariamente reveladora: «Trump Corollary to the Monroe Doctrine» —el Corolario Trump a la Doctrina Monroe—.
El Departamento de Guerra de Estados Unidos publicó el 23 de enero de 2026 la National Defense Strategy. En ella afirma:
«Tras años de abandono, el Departamento de Guerra restaurará el dominio militar estadounidense en el hemisferio occidental. Lo utilizaremos para proteger nuestra patria y nuestro acceso a terrenos clave en toda la región. También negaremos a los adversarios la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes en nuestro hemisferio. Este es el Corolario Trump de la Doctrina Monroe: una restauración de sentido común y potente del poder y las prerrogativas estadounidenses en este hemisferio, coherente con los intereses de los americanos.»
La geografía es la misma. El argumento es el mismo. Han cambiado los actores.
A comienzos del siglo XX la preocupación era la presencia de las grandes potencias europeas en Venezuela y el Caribe. En el siglo XXI, la preocupación estadounidense gira alrededor de la influencia acumulada en Venezuela y el resto de América Latina por parte de Rusia, China e Irán.
Y nuevamente Venezuela ocupa el centro del tablero.
El 3 de enero de 2026, según la narrativa oficial de Washington y la cobertura que siguió, una operación estadounidense capturó a Nicolás Maduro y a Cilia Flores. Maduro fue trasladado a Estados Unidos para enfrentar cargos federales. Trump declaró que Washington tendría un papel directo en lo que ocurriría después en Venezuela y vinculó expresamente la nueva política hemisférica con la Doctrina Monroe.
Pero quizá la coincidencia histórica más interesante ocurrió inmediatamente después.
Maduro salió.
El chavismo no.
Delcy
Como ocurrió con Cipriano Castro, quien ocupó el espacio dejado por Maduro no fue un dirigente de la oposición.
Con Castro fue quien en algún momento fue su vicepresidente y mano derecha. En el caso de Maduro, quien tomó el poder fue su vicepresidenta.
Delcy Rodríguez, ex-vicepresidenta ejecutiva y presidenta interina de facto de Venezuela.

El Tribunal Supremo venezolano ordenó el 3 de enero que Rodríguez asumiera interinamente la Presidencia; el 5 de enero fue formalmente juramentada.
Otra vez —con todas las enormes diferencias que separan ambos acontecimientos— aparece una estructura conocida:
Castro sale. Gómez queda.
Maduro sale. Delcy queda.
No se trata de decir que Delcy Rodríguez sea Juan Vicente Gómez, ni que Donald Trump sea Theodore Roosevelt. La historia no funciona mediante fotocopias.
Pero tampoco puede ignorarse el paralelismo que propone la comparación. Por cierto, el propio Maduro, unos meses antes del 3 de enero, leyó una proclama de Cipriano Castro —casi haciéndola suya— durante un acto en la Asamblea Nacional, lo que generó confusión en aquellos días.
En ambos momentos, una crisis venezolana adquiere dimensión internacional; Estados Unidos redefine su papel en el hemisferio; sale del poder un gobernante enfrentado con Washington; permanece una figura central de su propio régimen; se produce una recomposición de las relaciones con Estados Unidos.
Y el común denominador resultante: el petróleo.
Petróleo
Aquí fue donde volver a leer a Betancourt empezó a resultar particularmente interesante.
Si existe una palabra capaz de unir estas dos Venezuelas separadas por más de un siglo, esa palabra es petróleo.
Con Gómez comienza el gran ciclo de concesiones que transformaría definitivamente al país. Capital extranjero, concesionarios venezolanos cercanos al régimen, intermediarios, compañías internacionales y un Estado que todavía no había construido las instituciones necesarias para administrar la riqueza extraordinaria que empezaba a salir del subsuelo.
Betancourt dedica buena parte de Venezuela, política y petróleo precisamente a esa relación entre poder político, concesiones petroleras, intereses extranjeros y soberanía nacional.
Y ciento veinte años después se discute nuevamente de concesiones a venezolanos cercanos al régimen, campos, compañías estadounidenses, inversiones multimillonarias y el papel que tendrá Washington en la explotación de las mayores reservas petroleras probadas del planeta.
Betancourt escribió: «La lista de concesionarios originales demuestra claramente que Gómez regalaba las concesiones a sus favoritos, y el más favorecido solicitante fue su yerno Julio F. Méndez, quien recibió 17 concesiones de 15.000 hectáreas cada una.»
Más de un siglo después, según la lectura que propone este paralelismo, Rodríguez entregó también 17 campos a NABEP, una empresa asociada a Alejandro Betancourt —empresario venezolano que, por coincidencia de apellido, no debe confundirse con el expresidente—. El vínculo con «favoritos» del régimen es una observación del autor, no un veredicto judicial.
Trump lo dijo desde el comienzo. Después de la operación del 3 de enero habló expresamente de llevar a las grandes compañías petroleras estadounidenses a Venezuela para invertir miles de millones y recuperar la producción.
Meses después, el petróleo está efectivamente en el corazón de la nueva relación entre Washington y Caracas, aunque las condiciones, la legalidad y hasta la duración de algunos acuerdos siguen siendo objeto de controversia.
Por eso hubo que regresar a Betancourt.
Venezuela, política y petróleo
Los libros sobreviven a sus autores; lo plasmado en su tinta se convierte en referencia.
Venezuela, política y petróleo podría haber sido escrito como título ayer.
Porque, después de más de un siglo, seguimos intentando resolver la misma ecuación: Venezuela, política y petróleo.
Cambian los gobiernos.
Cambian los presidentes estadounidenses.
Cambian las potencias extranjeras.
Cambian las compañías.
Incluso cambia el lenguaje con el cual se justifican las decisiones.
Pero permanece la geografía. Permanece el poder. Permanece el petróleo.
Y permanece la pregunta fundamental que atraviesa el libro de Betancourt: ¿cómo convertir la riqueza del subsuelo venezolano en soberanía, instituciones y prosperidad para los venezolanos, en lugar de convertirla en instrumento de poder para quien circunstancialmente controla el Estado?
Quizá esa sea la verdadera vuelta.
No la vuelta de Estados Unidos a Venezuela —porque Estados Unidos, aunque se alejara durante varias décadas para concentrarse en el Medio Oriente, nunca se fue del todo—.
Ni siquiera la vuelta del petróleo, porque el petróleo tampoco se fue.
Es la vuelta de Venezuela a una discusión que creíamos haber tenido hace más de un siglo.
Roosevelt y Trump.
Castro y Maduro.
Gómez y Rodríguez.
Europa entonces; Rusia, China e Irán ahora.
Monroe entonces y Monroe nuevamente.
Y en el centro de todo, ayer como hoy, Venezuela y su petróleo.
Las analogías históricas siempre son peligrosas. Sirven para iluminar, pero también pueden engañar si se pretende que dos épocas distintas sean idénticas. Venezuela en 1908 no es Venezuela en 2026. Estados Unidos tampoco es el mismo. Y el mundo, evidentemente, mucho menos.
Pero hay coincidencias que merecen ser observadas.
Por eso, más de ochenta años después de que Cadícamo y Tinelli escribieran aquel tango, una frase vuelve desde una vieja canción para describir una sensación profundamente venezolana:
«La historia vuelve a repetirse.»
Y quizás por eso esta columna no podía llamarse de otra manera. Queda el optimismo controlado de quien cree que, como entre 1950 y 1980, pueden abrirse oportunidades reales —no sin fricción, no sin riesgo— si la relación con Estados Unidos aporta, con el tiempo, contrapesos que hoy faltan. La historia no garantiza nada. Solo advierte que la ecuación sigue abierta.



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