11 de septiembre: el día que descubrí que Nueva York también era mi casa
Han pasado veinticinco años y todavía puedo recordar aquella mañana.
Era el martes 11 de septiembre de 2001. Estaba en Caracas, en el piso 7 de la Torre Mene Grande, donde Econoinvest alquilaba entonces un pequeño espacio. Como casi siempre, antes de abrir el mercado de valores, teníamos CNBC encendida en el área de trading.
Poco antes de las nueve de la mañana apareció una imagen de Nueva York. Desde lejos se veía humo saliendo de una de las Torres Gemelas. Las primeras informaciones eran confusas. Se hablaba de un avión pequeño, quizás una avioneta, y todo parecía un accidente.
A las 8:46 de la mañana, un avión de American Airlines había impactado la Torre Norte del World Trade Center. Diecisiete minutos después, a las 9:03, vimos al vuelo United Airlines 175 estrellarse contra la Torre Sur.
En ese instante desapareció cualquier posibilidad de pensar en un accidente.
Estados Unidos estaba siendo atacado.
Y para mí, desde Caracas, estaban atacando algo mucho más cercano de lo que hasta ese momento había comprendido.

La ciudad a la que no quería ir
Mi relación con Nueva York había comenzado siete años antes, casi por casualidad.
En 1994 Venezuela comenzaba a atravesar una severa crisis financiera. Un amigo argentino, Ariel, trabajaba en Oppenheimer y estaban ampliando el equipo para América Latina. Me llamó para conversar sobre la posibilidad de incorporarme, luego de que Herman sugirió que podría ser un buen fit para el puesto.
Yo tenía 25 años y, sencillamente, no quería irme de Venezuela.
Recuerdo incluso el lugar donde terminé tomando la decisión. Fue en El Urrutia, un restaurante de Sabana Grande, en Caracas. Me reuní allí con Herman y Pedro y, entre los dos, terminaron de convencerme de aceptar aquella oportunidad e irme a Nueva York.
No podía imaginar entonces hasta qué punto aquella decisión iba a cambiar mi vida.
Llegué a Manhattan y alquilé mi primer apartamento en el 19 West 69th Street. Pagaba 1.525 dólares al mes y estaba a apenas unos metros de Central Park. Cifra que para el momento no sabía que me costaría pagar luego de las deducciones de impuestos en mis depósitos bancarios.
Comencé trabajando en Oppenheimer. Después, nuestro grupo pasó en 1996 a Morgan Stanley, donde estaba ya mi gran amigo Fabián.
Pero lo más importante que me dio Nueva York no tuvo que ver con Wall Street.
Allí me reencontré con Selva. Nos enamoramos, nos casamos, nació nuestra primera hija, Victoria. Compré mi primer apartamento. Formé una familia.

Nueva York fue el lugar de muchas de mis primeras veces como adulto: como esposo, como padre, como profesional, como dueño de una vivienda.

Cuando llegué tenía 25 años.
Cuando regresé a Venezuela en 1999 era otra persona.
Cortlandt Street
Durante aquellos años, el World Trade Center no era para nosotros solo un símbolo de Nueva York.
Era parte de la vida cotidiana.
Tony (mi padrino y compadre) y yo solíamos ir juntos en el metro al trabajo porque vivíamos en la misma calle. Nos bajábamos en Cortlandt Street y desde allí caminábamos a nuestras oficinas respectivas.
Dos años después de mi regreso a Caracas, Tony había decidido hacer lo mismo: dejar Nueva York y volver a Venezuela.
La noche del 10 de septiembre de 2001, el grupo de amigos venezolanos que todavía permanecía en Nueva York se reunió para despedirlo.
El lugar elegido fue Windows on the World, el restaurante en lo alto de la Torre Norte del World Trade Center.
La cena terminó después de medianoche.
Tony todavía conserva el recibo de aquella noche. Como pagó pasada la medianoche, quedó fechado con una fecha que pocas horas después quedaría grabada para siempre:
11 de septiembre de 2001.
Diecisiete minutos
De regreso a aquella mañana en Caracas, recuerdo la confusión después del primer impacto.
Estábamos todos frente al televisor.
Con nosotros estaba Mr. Moore, un estadounidense de unos 70 años, retirado de Merrill Lynch, que nos asesoraba en Econoinvest. Lo habíamos conocido a través del International Executive Service Corps (IESC), una organización estadounidense sin fines de lucro que reunía a ejecutivos retirados de amplia experiencia para asesorar empresas alrededor del mundo, promoviendo el desarrollo empresarial y los principios de la libre empresa. Farmatodo había recurrido anteriormente a esta misma organización con mucho éxito, y esa experiencia fue una referencia importante para nosotros.
Después llegó el segundo avión.
Creo que cualquiera que estuviera viendo televisión esa mañana recuerda la sensación. Para quienes habíamos vivido en Nueva York y teníamos amigos trabajando allí, todo cambió de escala.
No hicimos prácticamente nada más.
Nadie estaba pensando en mercados, precios o transacciones.
Todos estábamos frente a la televisión y, al mismo tiempo, agarrando teléfonos.
Llamé a Selva. Comenzamos desesperadamente a localizar a nuestros amigos. Ella llamaba a amigas que trabajaban en Merrill Lynch en el World Financial Center, justo al lado del World Trade Center. Nosotros llamábamos a Fabián, a Tony y a tantas otras personas.
Tony, afortunadamente, todavía estaba en su casa. No había salido hacia la oficina.
Pero durante aquellas primeras horas nadie sabía quién estaba bien y quién no.
Recuerdo aquella sensación de llamar a nuestros amigos en Nueva York con el miedo de no poder localizarlos.
Y recuerdo también a Mr. Moore.
Aquel hombre de unos 70 años, con toda una vida profesional detrás, estaba llorando. Profundamente afligido, hacía exactamente lo mismo que nosotros: llamar una y otra vez tratando de comunicarse con su familia.
Éramos venezolanos que habíamos vivido en Nueva York y un estadounidense que circunstancialmente estaba en Caracas.
Todos estábamos lejos.
Y todos, de alguna manera, estábamos allí.
Cuando cayeron las torres
Hay imágenes que uno puede describir. Otras son prácticamente imposibles.
Para mí, ver desplomarse las Torres Gemelas pertenece a la segunda categoría.
La Torre Sur cayó a las 9:59 de la mañana. La Torre Norte, a las 10:28. Aquel día fueron asesinadas 2.977 personas en Nueva York, el Pentágono y Pensilvania.

Cuando vi caer las torres sentí una tristeza y una incredulidad que todavía hoy me cuesta explicar.
Pero también descubrí algo sobre mí mismo.
Nunca había imaginado que pudiera sentir de esa manera por un lugar.
Era como si, sin haberme dado cuenta, Nueva York me perteneciera o, mejor dicho, yo perteneciera a Nueva York.
Yo había vuelto a Venezuela porque siempre había pensado que Caracas era mi casa. Y lo era.
Lo que no entendí hasta aquel 11 de septiembre era que durante los cinco años anteriores Nueva York también se había convertido en mi casa.
Sus calles, Central Park, el subway, Cortlandt Street, Wall Street, mis amigos, mi carrera, mi matrimonio, el nacimiento de mi hija.
Todo aquello había dejado en mí un sentimiento de pertenencia que nunca desapareció.
El día que cambió el mundo
El 11 de septiembre también transformó mucho más que Nueva York.
Cambió las prioridades de Estados Unidos y, con ellas, buena parte del orden internacional.
La lucha contra el terrorismo pasó casi de inmediato al centro de la política exterior estadounidense. Llegaron la guerra en Afganistán y, después, la guerra en Irak, junto con una presencia militar y política estadounidense mucho más intensa en Medio Oriente.
Desde América Latina también vivimos las consecuencias.
La región ya había perdido parte de la relevancia estratégica que había tenido para Washington durante la Guerra Fría. La caída del Muro de Berlín y el fin de la confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética habían comenzado a modificar las prioridades.
El 11 de septiembre profundizó ese cambio.
Durante años, una parte enorme de la atención política, diplomática, militar y de seguridad de Estados Unidos estuvo concentrada en Medio Oriente y en la lucha global contra el terrorismo.
No es que Washington abandonara América Latina, ni que todo lo que vino después en la región se explique por esa decisión.
Pero quienes vivimos aquellos años sí vimos cómo el centro de gravedad de la política exterior estadounidense se desplazó hacia otra parte del mundo.
Veinticinco años después, vale la pena pensar también qué significó para América Latina esa pérdida relativa de atención. Lo vivimos y sufrimos particularmente en Venezuela.
Wall Street después del 11 de septiembre
En mi profesión hubo otra transformación que pude observar de primera mano.
El sistema financiero internacional cambió.
En octubre de 2001 se aprobó el USA PATRIOT Act. Entre otras cosas, la ley reforzó de forma notable la arquitectura estadounidense contra el lavado de dinero y el financiamiento del terrorismo.
Se endureció todo: identificar al cliente, la debida diligencia, la corresponsalía bancaria, el seguimiento de ciertas transacciones, y la mano de las autoridades sobre instituciones o jurisdicciones de alto riesgo.
Para quienes hemos trabajado toda la vida dentro del sistema financiero, el cambio fue enorme.
El "compliance" dejó de ser una función secundaria y se convirtió en uno de los centros de poder dentro de las instituciones.
Muchos de esos cambios eran necesarios. Un sistema financiero moderno no puede permitir que sus instituciones permitieran por omisión el lavado de dinero o crimen, que financiaba el terrorismo
Con el tiempo también apareció el sobrecumplimiento (el over-compliance): instituciones que, ante el costo regulatorio y reputacional, prefieren no mantener ciertas relaciones aunque sean perfectamente legítimas.
Los latinoamericanos conocemos bien esa realidad. Los venezolanos, en particular, la vivimos hoy cuando intentamos abrir o mantener cuentas bancarias internacionales.
El efecto se extendió mucho más allá de las fronteras estadounidenses. La importancia del dólar y del sistema financiero de Estados Unidos hizo que bancos y centros financieros alrededor del mundo tuvieran que adaptarse a estándares cada vez más estrictos.
No todo vino del 11 de septiembre. En los años posteriores llegarían nuevas normas fiscales, sanciones, la ley FATCA, estándares internacionales de transparencia y el debilitamiento del secreto bancario tradicional, incluso en plazas históricas como Suiza.
Pero el sistema financiero de hoy no se entiende sin ese punto de inflexión.
Los héroes
Hay otra cosa que no hay que olvidar.
La maldad de aquel acto terrorista estuvo acompañada por demostraciones extraordinarias de coraje.
Bomberos, policías, empleados y ciudadanos comunes, enfrentados a lo inimaginable, decidieron ayudar a otros incluso poniendo en riesgo sus propias vidas.
Entre las víctimas del 11 de septiembre estuvieron 343 miembros del Departamento de Bomberos de Nueva York, 37 oficiales de la Policía de la Autoridad Portuaria y 23 oficiales del Departamento de Policía de Nueva York.
En Morgan Stanley hay una historia que se cuenta mucho: la de Rick Rescorla, responsable de seguridad de la firma en el World Trade Center.
Rescorla había insistido durante años en la preparación y en los ejercicios de evacuación. El 11 de septiembre, esa preparación contribuyó a que miles de empleados pudieran salir del complejo. Él siguió ayudando en la evacuación y murió aquel día.
Una precisión: yo había trabajado en Morgan Stanley, pero mi grupo estaba en Midtown y venía del Morgan Stanley original. No conocía personalmente a quienes trabajaban en el World Trade Center. La firma se había fusionado con Dean Witter en 1997, y si mal no recuerdo, el grupo que se ubicaba en esas torres venía sobre todo de aquella otra organización.
No hace falta haberlos conocido para admirarlos.
Sus historias forman parte de lo que debemos recordar.
Veinticinco años después
Al escribir esto en 2026, hay un giro que aquel día no existía.
Cuando vi caer las Torres Gemelas, yo era venezolano. Había vivido en Estados Unidos, había formado allí una familia y amaba profundamente Nueva York, pero había regresado a mi país.
La vida, sin embargo, daría otra vuelta.
Después de lo que vivimos en Venezuela a partir de 2010, Estados Unidos volvió a abrirnos sus puertas. Esta vez fue Miami la ciudad que nos dio la posibilidad de reconstruir nuestras vidas y empezar de nuevo. Primero mi esposa e hijas y varios años depues, yo.
Hace aproximadamente un año me convertí en ciudadano estadounidense.
Hoy puedo decir con orgullo que soy venezolano de nacimiento. Amo profundamente a Venezuela y siempre será mi patria.
Pero también puedo decir, con ese mismo orgullo, que amo al país que me adoptó y del cual hoy tengo el privilegio de ser ciudadano.
Soy caraqueño.
Soy neoyorquino por todo lo que aquella ciudad hizo de mí.
Y ahora también soy miamense, porque Miami nos dio una nueva oportunidad cuando más la necesitábamos.
Con los años uno descubre que querer un lugar no obliga a dejar de querer otro.
Never Forget
Por eso, para mí, Never Forget significa mucho más que recordar dónde estaba el 11 de septiembre de 2001.
Significa recordar a las 2.977 personas que salieron aquella mañana hacia sus oficinas, abordaron un avión, fueron a trabajar al Pentágono o simplemente estaban viviendo un día normal y nunca regresaron a sus casas.
Significa admirar a quienes corrieron hacia el peligro cuando todos los demás intentaban escapar de él.
Significa no olvidar la maldad de un acto terrorista capaz de asesinar indiscriminadamente a miles de inocentes.
Pero significa también defender aquello que el terrorismo, la corrupción y la maldad pretenden destruir.
La libertad.
El Estado de derecho.
Y los valores de una sociedad en la que personas de cualquier lugar del mundo pueden llegar, trabajar, formar una familia y algún día sentir que también pertenecen a ella.
Hace veinticinco años, sentado frente a un televisor en el piso 7 de la Torre Mene Grande en Caracas, viendo desaparecer las Torres Gemelas, comprendí algo que hasta entonces no sabía.
Nueva York también era mi casa.
Hoy, como venezolano de nacimiento y ciudadano de los Estados Unidos de América, esa memoria tiene para mí todavía más significado.
A las víctimas, nuestro recuerdo.
A los héroes, nuestra admiración.
Y frente al terrorismo y a quienes pretenden destruir nuestras libertades, nuestra determinación de defenderlas.
Never Forget.



Comentarios